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Monday, August 19th, 2019

Poco Ocde

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by July 30, 2017 General

Queremos la educación primaria finlandesa. La secundaria danesa. La universitaria alemana. El sistema de transportes japonés. La televisión pública francesa. El sistema de salud inglés. El sistema de pensiones noruego. La infraestructura de Singapur. El sistema político suizo. Y la industria estadounidense. Todo junto AHORA.

Y todo, además, con el PIB per cápita turco, la desigualdad panameña, la productividad mexicana, la concentración de mercados dominicana y un aparato público con niveles de transparencia y eficiencia griegos.

¿Qué ha ocurrido? El desarrollo es desilusionante. Lo que nos parece maravilloso de lejos, una vez que lo alcanzamos, resulta amargo.

Y es que parece maravilloso justamente porque está lejos. Millones aplaudieron a Pinochet cuando prometió en 1980 que pronto, si todo iba bien, “de cada siete chilenos, uno tendrá automóvil; de cada cinco, uno tendrá televisor, y de cada siete, uno dispondrá de teléfono”.

Actualmente hay más teléfonos y televisores que habitantes, y un auto cada cuatro personas. Pero hacemos series de televisión para recordar la felicidad sencilla de las familias que soñaban con esas cosas.

Es como haber trabajado hasta el agotamiento y haberse endeudado por muchos años para entrar al concierto de nuestro grupo musical favorito, para luego darnos cuenta de que todo nuestro sacrificio solamente nos permite pagar la peor ubicación. Lejos, muy lejos de lo que pensamos que sería estar ahí. Aunque ahí estamos.

La masificación de miles de bienes y servicios que antes solamente podían disfrutar minorías privilegiadas ha venido de la mano con una segmentación de la calidad de la oferta y una experiencia mucho menos placentera de ellos una vez que logramos obtenerlos. Y, varias veces, exigiendo una cuota de esfuerzo mucho mayor de la que esas minorías hacían en su momento.

Cuando la universidad y las pensiones eran “gratis”, se aprovechaban de ellas la clase alta, la élite burocrática, y un par de personas más.

Los pobres no iban a la universidad y la mayoría no alcanzaba ni la edad de jubilación (que era igual a la esperanza de vida promedio en 1970: 60 años). ¡Pero la universidad era gratis y las pensiones aseguradas por ley!

Esto es frustrante, aunque la mayoría esté mejor. Además, dada la complejidad de los nuevos problemas, las soluciones y mejoras posibles son lentas, complejas y costosas. Y los que están felices en la primera fila del concierto, las élites políticas y económicas, parecen ni enterarse de la urgencia de darle cauce y conducción a estos desafíos.

Así, los que lo pasan bien se entregan a fantasías cosmopolitas, y los que lo pasan mal a fantasías redistributivas.

Todas auspiciadas por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).
Como el oficinista mirando páginas de viajes o el enfermo entregado a la homeopatía. Y cada uno elige al homeópata social que le venda el humo necesario para no tener que mirar de frente nuestra realidad.

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Queremos la educación primaria finlandesa. La secundaria danesa. La universitaria alemana. El sistema de transportes japonés. La televisión pública francesa. El sistema de salud inglés. El sistema de pensiones noruego. La infraestructura de Singapur. El sistema político suizo. Y la industria estadounidense. Todo junto AHORA.

Y todo, además, con el PIB per cápita turco, la desigualdad panameña, la productividad mexicana, la concentración de mercados dominicana y un aparato público con niveles de transparencia y eficiencia griegos.

¿Qué ha ocurrido? El desarrollo es desilusionante. Lo que nos parece maravilloso de lejos, una vez que lo alcanzamos, resulta amargo.

Y es que parece maravilloso justamente porque está lejos. Millones aplaudieron a Pinochet cuando prometió en 1980 que pronto, si todo iba bien, “de cada siete chilenos, uno tendrá automóvil; de cada cinco, uno tendrá televisor, y de cada siete, uno dispondrá de teléfono”.

Actualmente hay más teléfonos y televisores que habitantes, y un auto cada cuatro personas. Pero hacemos series de televisión para recordar la felicidad sencilla de las familias que soñaban con esas cosas.

Es como haber trabajado hasta el agotamiento y haberse endeudado por muchos años para entrar al concierto de nuestro grupo musical favorito, para luego darnos cuenta de que todo nuestro sacrificio solamente nos permite pagar la peor ubicación. Lejos, muy lejos de lo que pensamos que sería estar ahí. Aunque ahí estamos.

La masificación de miles de bienes y servicios que antes solamente podían disfrutar minorías privilegiadas ha venido de la mano con una segmentación de la calidad de la oferta y una experiencia mucho menos placentera de ellos una vez que logramos obtenerlos. Y, varias veces, exigiendo una cuota de esfuerzo mucho mayor de la que esas minorías hacían en su momento.

Cuando la universidad y las pensiones eran “gratis”, se aprovechaban de ellas la clase alta, la élite burocrática, y un par de personas más.

Los pobres no iban a la universidad y la mayoría no alcanzaba ni la edad de jubilación (que era igual a la esperanza de vida promedio en 1970: 60 años). ¡Pero la universidad era gratis y las pensiones aseguradas por ley!

Esto es frustrante, aunque la mayoría esté mejor. Además, dada la complejidad de los nuevos problemas, las soluciones y mejoras posibles son lentas, complejas y costosas. Y los que están felices en la primera fila del concierto, las élites políticas y económicas, parecen ni enterarse de la urgencia de darle cauce y conducción a estos desafíos.

Así, los que lo pasan bien se entregan a fantasías cosmopolitas, y los que lo pasan mal a fantasías redistributivas.

Todas auspiciadas por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).
Como el oficinista mirando páginas de viajes o el enfermo entregado a la homeopatía. Y cada uno elige al homeópata social que le venda el humo necesario para no tener que mirar de frente nuestra realidad.

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